SALAMANCA: VIEJA MAESTRA DE PIEDRA BLANCA

Daniel Sotelino · 9 junio 2014 20:45 pm

Salamanca

Terraza para comer en Salamanca

En esta última visita a Salamanca, a diferencia de la primera que se produjo ya hace algo más de año y medio, he podido vivir sus calles, sus gentes, conocer algunos de sus rincones más especiales. He tenido la oportunidad de respirar ese ambiente abierto, el de una ciudad acostumbrada a recibir y acoger personas de todas las procedencias, condiciones y sensibilidades.

Mi primera visita a esta hermosa ciudad, estuvo motivada por una de mis pasiones, el tango. Un viaje relámpago, como los que acostumbro a hacer, que supuso el principio de un divorcio anunciado con este baile sensual donde los haya en el que cada bailarín -con su alma- busca la conexión con quien, por unos pocos minutos está llamado a fundirse en uno solo. A pesar de esta bella búsqueda, que nace de la parte más profunda de nosotros mismos, comencé a observar que la comunión que uno busca en el tango, no va acompañada con lo que sucede fuera de la pista de baile -al menos no en ciertos ambientes-. En el momento en que algo, ya sea un baile, una afición, un negocio, un proyecto, etc. se vuelve más importante que las personas que participan en él, para mí pierde por completo su encanto, su sentido. Cuando alguien se obsesiona tanto con el objeto de su pasión es fácil que caiga en una ceguera tal que le impida ver nada más. Mi primer viaje a Salamanca, lamentablemente y motivado por el entorno en el que me encontraba, me llevó hasta ella pero sin llegar ni tan siquiera a alcanzarla. No escondo que ese entorno y la propia vivencia en sí no era sino un reflejo de una parte de mí que debía sanar. Me llevé hermosos recuerdos, conocí algunas bellas personas y sobre todo, fue la confirmación de un compromiso personal y vital, el de disfrutar de los placeres de la vida con una mayor intensidad, con un menor miedo. Fue, para mí, un gran aprendizaje; el de un viaje predicho durante un sueño -semanas antes- en el que sus calles me mostraban una bella y sabia maestra blanca; un lugar para el re-encuentro.

 

PlazamayorSalamanca

Plaza Mayor de Salamanca

En este segundo viaje a la ciudad bañada por el Tormes el viaje en sí resultó muy diferente; en esta ocasión no sólo llegué; impacté y fui impactado. En esta ocasión, la ciudad que me había ofrecido sus brazos abiertos en mi primera visita, encontró los míos dispuestos para recibir el abrazo de quienes se cruzan en el camino.

 

Salamanca ha despertado, en mí, un sentimiento muy especial, el mismo que alguna otra ciudad me transmitió, un sentimiento de pertenencia, de saberme vinculado por algo profundo que escapa a la simple y pobre percepción que mi dormida mente puede ver y comprender.

 

Salamanca me ha ofrecido no sólo sus calles y sus bellísimos edificios para mi disfrute, ha sido una vez más fuente de elevadas enseñanzas, las que me llevo conmigo desde esta vieja universidad, de este prestigioso lugar de enseñanza, del gran campus que es la vida. Una lección, la de cómo teniéndolo todo podemos sentirnos profundamente vacíos, la de ver que algunas personas con un potencial inimaginable viven una vida de limitación al no ser capaces de valorar, no sólo aquello que tienen, sino lo grandes que son.

 

DominicosSalamanca

San Esteban Monumental

Hace ya un tiempo que mi vida está dirigida por una energía que va dando forma a mi camino día a día, me lleva y me trae; guía mi camino. En esta ocasión fue Salamanca el destino, sus calles, sus jardines, las miradas de los otros visitantes cruzándose con la mía… Un destino con múltiples guiños que alcanzaron su máxima expresión ante la tumba de Fray Francisco de Vitoria. Este reconocido dominico -precursor de los Derechos Humanos- y que ha acompañado mi vida de una forma directa e indirecta, consciente e inconsciente, bendijo mi viaje mientras, sorprendido, mis pies se detenían ante su tumba. Un lugar cuya ubicación y existencia, para mí, era hasta ese momento totalmente desconocida. Minutos antes del encuentro con aquella piedra fría mi cuerpo se estremecía y mi alma se emocionaba ante tanta belleza, ante aquel sentimiento de familiaridad, ante tan poderosa sensación de pertenencia. Un lugar donde aquellos viejos místicos trataban de representar el Reino que se encuentra más allá de este mundo de formas que vemos. Un lugar donde la Verdad quiso ser compartida y mostrada a través de la Palabra, palabra que en ocasiones fue apagada por el fuego.

 

Salamanca ciudad para el re-encuentro con uno mismo, ciudad abierta al visitante; ciudad donde la vida recorre sus calles, donde la alegría se muestra a borbotones y donde los estudiantes comienzan a descubrir los placeres de la vida. Tuve también tiempo para saborear sus platos, sus caldos y lo hice llevado por los contrastes:

 

Cenando en un lugar muy recomendable, hermoso, acogedor y con agradable servicio. En Vida&Comida -Plaza de Santa Eulalia, 11- pude ver, una vez más, cómo aquello que nace desde el equilibrio y la armonía, con la creatividad como bandera, suele dar forma a los más bellos resultados.

 

El Rastrel

Detalle de El Rastrel

Regalándome un momento de descanso para mí. Hipnotizado e invitado por el sonido de un piano y con el regalo del café con soja que busco en cada lugar donde me hallo. En El Rastrel -Calle del Grillo, 21 me sentí por unos instantes rodeado por una nueva manera de ver el mundo. Un lugar de veganos donde no sólo se respeta la vida de los animales sino que se invita a respetar que cada uno de nosotros somos seres diferentes pero al mismo tiempo… iguales.

 

Ya de regreso, en el tren y en camino a mi próxima parada, me felicito por haber aprendido que puedo amar con intensidad cada parte del camino, que no hay nada desconocido para mi espíritu y que en el viaje de mi vida, mi consciencia se despierta con el único fin de lograr encontrar el sendero de vuelta a casa.

Vídeo-reflexión grabada desde Salamanca:

Fotografías: http://instagram.com/danielsotelino