OLVÍDALO! TÚ NO PUEDES SER FELIZ

Daniel Sotelino · 25 junio 2015 9:46 am

Felicidad

A lo largo de toda mi vida he podido ver algo que quizás pueda resultar duro comentarlo en estas líneas; además de ser muy sorprendente leerlo de mi puño y letra. Sí, es cierto, me he posicionado durante años como una de esas personas conocedoras del secreto para alcanzar la felicidad, pero hoy no puedo ser honesto sin decir que: “la felicidad no existe” al menos no de la forma en que muchos la entienden. “Dios ha muerto” declaraba al mundo Nietzsche durante el siglo pasado, sorprendiendo y estremeciendo a partes iguales a propios y extraños. Hoy yo, desde mi humilde posición y sorprendiéndome a mí mismo -también estremeciéndome-, declaro: “La felicidad no existe”. Si bien, todo en esta vida tiene matices y esta provocativa declaración no podía ser ajena a ellos.

A lo largo de mi vida, y tras una amplia experiencia conociendo, compartiendo y conectando con múltiples personas de todo tipo de condición y procedencia, puedo decir que no he conocido a una sola de ellas que fuese feliz, al menos no completamente. Las personas que se muestran como tales, no lo son en todos los ámbitos de su vida. Siempre resulta ser o bien una posición fingida o bien la aceptación máxima de que uno no es enteramente pleno y que desde esa incapacidad para serlo uno encuentra cierta paz. Nuestra sociedad nos ha empujado a crear imágenes idílicas externas mientras frecuentemente nos sentimos rotos por dentro.

Toda mesa tiene una pata que cojea y el ser humano es una mesa fiel y cumplidora de esta ley. En realidad nadie puede ser feliz porque esta vida nace precisamente en el hecho de que para que la vida pueda desarrollarse debe existir un espacio para la expansión de la misma. Lo explicaré de otro modo, la vida es cambio y movimiento. Para que algo suceda, para que algo se materialice en este mundo material, debe crearse un espacio que lo permita. Ese espacio toma diferentes formas: la pregunta crea un espacio para su respuesta, la insatisfacción con lo que tenemos, con lo que somos o con el lugar donde nos encontramos es una invitación para nuestro propio movimiento. Nada puede permanecer en un estado de plenitud y bendición permanente y estar vivo tal y como nosotros entendemos la vida. Si esto sucediese dejaríamos de existir en este plano. Si alcanzásemos un estado de plenitud absoluta o felicidad plena, nuestro universo dejaría de expandirse, se contraería y accederíamos a ese espacio del que nos hablan diversas culturas y que podemos identificar como el Vacío, la Vacuidad o la Nada.

Lo cierto es, que a lo largo de mi vida he podido descubrir que el universo, la vida, Dios, o como deseemos llamar a esa fuente de la que manan hacia nosotros aquellas experiencias de las que nos nutrimos, siempre -insisto siempre- nos da aquello que le pedimos, pero lo hace con un pequeño inconveniente, lo que nos da es siempre una parte inferior de aquello que pedimos. Si a la vida le pides 10 ésta te dará 9, pero si le pides 10.000 te dará 9.000. En la diferencia entre lo que pedimos y lo que se nos da habita el espacio que servirá de combustible para seguir viviendo, evolucionando, experimentando, o simplemente siendo y sintiendo. Éste es el motivo por el que la mayoría de las personas no alcanzan la felicidad, porque en realidad como concepto elevado y máximo, ésta es literalmente inalcanzable.

Pidamos pues siempre lo máximo que podamos soñar para nosotros. Dejemos de ser tan míseros y pobres incluso a la hora de pedir. Y entendamos que si bien Budha nos descubrió que el secreto para acabar con el sufrimiento humano es la falta de deseo, es precisamente ese deseo el que nos lleva a experimentar la vida tal y como la entendemos hoy. No todos los que vivimos en esta realidad estamos preparados o deseosos de transcender. La mayoría de nosotros tan sólo queremos seguir durmiendo un poquito más.

Para aspirar a vivir con la mayor felicidad posible -nunca podremos alcanzar la felicidad máxima ya que ésta no es de este mundo- tenemos que aceptar ese vacío interior en nuestra realidad y entender que forma parte de ella. Debemos entender que la muerte es necesaria para la vida y que es en realidad ese vacío en nuestro interior el que nos mueve, nos lleva y nos saca de lo estático. La vida es dinámica. Existen vacíos que deben ser llenados y es al llenarlos cuando la vida comienza. Dejemos de buscar una felicidad que hoy y aquí no está al alcance de nuestra mano. Mientras buscamos esa felicidad inalcanzable perdemos nuestra paz y nuestro equilibrio. Habitualmente me encuentro con personas, yo soy una de ellas, que pierden su presente por tratar de ganarse el futuro, o que se hacen daño a sí mismos por miedo a lastimarse. Es por ello por lo que hoy una de mis máximas es “Cuando la búsqueda cesa, la felicidad comienza”.

La felicidad a la que hoy podemos aspirar no es otra que la de aceptar y disfrutar aquello que tenemos y comprender que existe lo que podríamos denominar un “mal necesario” que no es otro que esa parte de la vida imprescindible para crear nuestra experiencia. No podemos conocer el calor sin el frío, ni ser conscientes del amor sin haber experimentado la falta del mismo. Podemos experimentar algo -frecuentemente lo hacemos-, pero no podemos ser conscientes de ello sin el contraste que ofrece vivir ambas polaridades de un mismo “objeto”. No podemos vivir la plenitud siendo conscientes de ella si no vivimos su falta. Es sólo cuando aceptamos la cara oculta de la luna cuando aprendemos a amarla en su totalidad. Es cuando aprendemos a aceptar la parte menos buena de aquello que experimentamos cuando realmente nos acercamos a la auténtica felicidad. Y es cuando aceptamos lo malo que habita en nosotros cuando aprendemos a amarnos íntegramente y podemos desde ahí amar a los demás.

En cualquier modo, no pretendo ser defensor de la Verdad, tengo claro que no soy el portador de ella. Por este motivo es un ejercicio de honestidad decir que sentirse o no feliz no radica en qué vivimos o en cómo lo hacemos, sino en el qué entendemos realmente como felicidad. Queda claro que cambiando su significado cambia así nuestra posición sobre ella. Por mi parte cuando hablo aquí de felicidad, lo estoy haciendo refiriéndome a ese significado que, de una manera u otra, las sociedades en su conjunto han entendido: la felicidad como la plenitud máxima, sin limitaciones, sin carencias, ni sufrimiento. Bajo mi opinión este significado es el más acertado, y es precisamente por ello, por lo que entiendo que resulta imposible experimentar la Felicidad de forma permanente en este plano de existencia. La Felicidad es natural de un plano en donde no existe la dualidad de la que nace este mundo y aquí y ahora sólo podemos acercarnos a ella.



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