QUE EL AMOR ILUMINE TU VIDA

Daniel Sotelino · 14 julio 2015 17:33 pm

Que el amor ilumine tu vida¿Que si soy feliz? Sinceramente… lo soy a ratitos. Como ya compartía hace unos días en “¡Olvídalo! Tú no puedes ser feliz”, mi visión particular es que la Felicidad no está al alcance de nuestra mano mortal. Bajo mi punto de vista, la Felicidad es una expresión propia de un estado transcendental que está más allá de este mundo material. Lo que aquí llamamos felicidad no es sino un pequeño vestigio de lo que podemos encontrar al otro lado. Teniendo esto en cuenta, no es extraño que la felicidad me alcance sólo por momentos. Es tremendamente curioso cómo me siento feliz de forma más habitual cuanto más coherente y más fiel a mí mismo soy. …Y yo me pregunto, ¿no será esto motivado porque la felicidad no nos alcanza sino que, en realidad, está siempre en el lugar donde nos encontramos y tan sólo podemos observarla cuando aprendemos a permanecer precisamente allí donde estamos, cuando dejamos de correr, de luchar, de buscar?

Cuando empezamos a amarnos a nosotros mismos, comenzamos a aceptar lo que hay tanto en nuestro interior como fuera. Cuando aceptamos lo que es como aquello que debe ser, la vida fluye, la vida se vuelve bella. El Sol resplandece creando días espléndidos y la Luna ilumina con un brillo hipnotizador nuestras noches más oscuras. Cuando nos amamos, los días se vuelven más largos, el Sol brilla, y el calor aprieta fuerte porque la pequeña chispa que habita en nuestro interior crece volviéndose inmensa. Crece derritiendo cada limitación autoimpuesta, cada gélido temor, cada témpano levantado para ocultar nuestro corazón.

El amor nos mueve hacia la compasión y la aceptación, nos inunda de alegría; riega y abona la tierra para que florezcan las semillas que, durante años, fuimos sembrando a ambos lados del camino y que, mientras vivíamos sin él, nunca parecieron germinar. Vivir la vida con amor es transformar nuestro camino, a cada paso de nuestro caminar, en una travesía llena de color y armonía. En cambio, cuando nos dejamos llevar por lo contrario del amor, que a pesar de lo que muchos creen no es el odio sino el miedo, dejamos de ver el amor en toda su expresión. Dejamos de permitirnos vivir en armonía fluyendo con la vida y con frecuencia nos encontramos luchando contra molinos de viento. Molinos de viento simbólicos que nada tienen que ver con aquellas construcciones que se usan para moler el grano. Los molinos de los que hoy hablo son las cabecitas que, como las aspas movidas por el viento, giran y giran sin dejar de parar, movidas por unos incesantes pensamientos cuya consistencia y realidad es tan nimia que un pequeño soplo de viento las desvanece sin dejar rastro. Cuando logramos emitir un pequeño pero convincente soplido contra ellos desaparecen mostrando que fueron reales, tan sólo, en nuestras propias ilusiones. Nuestros mayores fantasmas, los monstruos que creamos, o nuestros mayores miedos son tan sólo eso: ilusiones que habitan en nuestras mentes y que tarde o temprano el tiempo terminará por deshacer. Nunca existieron y como tal acabaremos reconociéndolo aliviados, dichosos y fortalecidos.

Hace cierto tiempo hablaba con una persona cercana a la que le dedicaba estas palabras: “Lo siento pero tú no me ves tal cómo soy. Ves en mí sólo lo que tu proyectas hacia mí. Ves tus experiencias pasadas, tus miedos futuros, tus suposiciones, crees que reaccionas ante mí como si lo que tú ves cuando me miras fuese real ¿pero sabes? ¡No lo es! Yo no soy lo que ves. Mientras te relacionas conmigo desde esa ilusión, no hay justicia alguna en tu proceder. Mientras sueñas quién soy, en vez de bailar juntos el baile transcendental de la vida, de alma a alma, estás sola en medio de la pista bailando en círculos, sin nadie que te acompañe. Sin nadie con quien consensuar el siguiente paso, el siguiente movimiento, o con quien descubrir cuál es el destino final de esta mágica danza sagrada. ¿Quieres oír un secreto? La etapa final del camino no puede alcanzarse sin un compañero de viaje. La puerta que lleva al otro lado, sólo puede atravesarse de dos en dos, exactamente de la misma forma como ambos salieron por ella.”

Un Curso de Milagros nos dice que antes de alcanzar el cielo debemos convertir los sueños que hemos convertido en una pesadilla, en sueños dulces y felices. Convirtamos nuestro viaje en una experiencia llena de alegría y disfrute. Desterremos el miedo de nuestros corazones y hagamos de cada instante un instante dedicado a permitir que la llamita que habita en cada uno de nosotros ilumine nuestro interior proyectando hacia afuera la inmensa felicidad que sentimos, regalando una hermosa sonrisa a quienes tenemos al lado. Una sonrisa sincera que dará luz y color a nuestro camino. Démonos la oportunidad de vivir con alegría y con amor. Digamos Sí a una de las más maravillosas historias de amor que pueden ser escritas, aquella que vivimos junto a nosotros mismos. Un romance donde el cariño, la complicidad, la fidelidad, la aceptación, el placer y la intimidad están dirigidas hacia uno mismo. Una historia de amor previa y necesaria para, de la mano de nuestro “verdadero amor”, entrar al jardín donde un día salimos y al que estamos destinados a volver.

 

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DETRÁS DE TUS MIEDOS SE ENCUENTRA TU MAYOR TESORO

Daniel Sotelino · 9 julio 2015 21:35 pm

Miedos y Libertad¿Tienes un profundo miedo a algo en concreto en tu vida? ¿Un miedo a algo que sientes coarta tu libertad, te ancla en el lugar en el que te encuentras y no te deja seguir hacia adelante? ¿Sientes que todo tu cuerpo se paraliza, que te bloqueas y que tu mente se llena de ideas y de pensamientos llenos de temor? ¿Sientes que más allá de superarlo, dándole la espalda y negándolo, este miedo sigue presente en tu vida y hace acto de presencia de forma sistemática en ella, atormentándote? ¿Sientes que cada vez que te toca enfrentar alguno de tus miedos profundos tus pensamientos se disparan y no logras encontrar ni la paz ni la claridad mental necesaria para poder dominarlos?

Si hoy sientes un profundo miedo ante algo estás de enhorabuena, lo estás porque has entrado en la fase de hacerte auto-consciente de una parte realmente importante de ti; te has hecho consciente de él, del miedo. Para ello hay que tener una gran fortaleza. Habitualmente la mayoría de las personas tienen profundos miedos que son incapaces de aceptar y que en algún momento decidieron esconder en lo más profundo de su ser. Es por ello que muchos de nosotros nos embarcamos en vidas con una actividad exagerada con el fin de evitar parar y pensar, mirar dentro de nosotros y descubrir que en realidad estamos profundamente asustados.

En realidad el ser humano pasa su vida entrando y saliendo de estados de temor consciente y de temor inconsciente. Cada ocasión que hacemos consciente un profundo temor, no sólo es una ocasión en la que sufrimos el dolor que lo acompaña, es en verdad la ocasión ideal para afrontarlo y superarlo. Es nuestra gran oportunidad. Cuando no lo hacemos y retrocedemos volvemos a un estado donde el miedo se vuelve latente y los síntomas que lo acompañan se van aplacando hasta desaparecer. Con el tiempo volveremos a tener la oportunidad de afrontarlo y tratar de superarlo. No en vano estas son etapas del camino de la vida que de una forma u otra, en un momento u otro, debemos superar y superaremos.

El gran problema que se presenta para muchas personas es que son incapaces de afrontar algunos de sus miedos pero sistemáticamente tratan de luchar contra ellos sin dar el paso definitivo para superarlos y sin darse tiempo para descansar de él, para desconectar o para tomar aliento con el fin de volver a enfrentarlo con mayor fuerza más adelante. De esta forma se mantienen enfrentadas y en tensión por demasiado tiempo y se van rompiendo poco a poco por dentro. Si tenemos en cuenta la importante tensión que deben padecer y que durante el proceso su claridad y paz mental se ven deterioradas enormemente, también entenderemos que lejos de acercase al objetivo de superar sus miedos se sitúan en la peor posición posible para hacerlo.

Durante años he compartido con muchas personas una idea clara en mí: que los miedos son como un precipicio que debemos saltar. Estamos en casa, nos sentimos fuertes y decidimos saltar. Nos dirigimos hacía el precipicio que se encuentra a varios kilómetros de nuestro hogar y justamente allí nos descubrimos incapaces de hacerlo. Ése es el momento de volver a casa, de permitirse desconectar y esperar una mejor situación, que sin duda llegará y en la que quizás, por fin, podamos salir victoriosos. Si por el contrario, ante la incapacidad de saltar el precipicio, seguimos justo encima de él, nuestra sensación de vértigo y tensión será cada vez mayor y difícilmente manejable. Desde el propio precipicio nos será imposible encontrar las fuerzas necesarias, o la claridad mental suficiente para hacerlo. Así son muchas las personas que han llegado hasta mí, completamente desorientas y desequilibradas, sin darse cuenta de que lo único que deberían hacer era renunciar por un pequeño espacio de tiempo a sus luchas particulares. Nuevamente aquí, como en otros muchos ejemplos de la vida, podemos ver que todo necesita de un equilibrio y que por mucho que luchemos por algo, por mucho que nos esforcemos, sólo saber esperar el momento justo es lo que nos permitirá alcanzar el éxito. Nuevamente me descubro ante una de mis máximas: “sólo se encuentra cuando se deja de buscar”.

Aquello a lo que más temes es aquello que debes atravesar para lograr tu mayor tesoro, tu libertad. ¿Quieres saber algo? Es precisamente a tu libertad a lo que tienes miedo. Miedo a alcanzar todas tus metas, miedo a descubrirte que siempre fuiste tú y que no hay nada en este universo que no esté ahí para ti. Miedo a haber sentido tanto miedo durante tanto tiempo y descubrir que todo el sufrimiento que te generó fue ilusorio, tan ilusorio como lo es que te sientas incapaz, limitado, o carente de algo. Detrás de tus miedos se encuentran siempre lo más hermoso y bello que nunca hubieses podido imaginar.

 

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¿ESTRESADO? QUIZÁS SEA PORQUE NO ERES QUIEN DICES SER

Daniel Sotelino · 5 julio 2015 12:25 am

Dos caras Daniel SotelinoHay momentos en nuestras vidas en que nos encontramos especialmente cansados, ansiosos o agotados en nuestro quehacer diario. Lo cierto es que son muchas las causas que pueden originar este tipo de malestar, pero hoy quiero dedicar mi atención a una que, de forma habitual, pasamos por alto y que sin embargo no en pocas ocasiones es la principal causa de que nos sintamos tensionados y faltos de energía. Esta causa no es otra que la de tratar de mostrar una cara de nosotros mismos que no es real. Es frecuente, debido a nuestra intención de agradar o de ser aceptados por los otros, que pretendamos mostrar una imagen de nosotros muy diferente a cómo realmente somos. Así tratamos de mostrarnos eficientes, buenos, amistosos, elevados, fuertes, capaces, etc. De esta forma creemos que obtendremos la atención, la admiración, la aprobación o el cariño de quienes nos rodean. También es habitual que creamos que si ofrecemos una imagen diferente nos protegemos y de esta forma tratamos de afrontar el profundo miedo que sentimos a sufrir. Con demasiada frecuencia mostramos una imagen basada en las creencias que se han ido depositando en nosotros a través de nuestra educación -sobre lo que nos han dicho que es bueno o malo-, de los condicionantes sociales, o de nuestro propio criterio -el cual muchas veces tiene ciertamente poco de nuestro-.

Cuanto más se aleja la imagen que tratamos de mostrar a los demás de lo que realmente somos, más tensión y desgaste nos produce. No en vano consciente o inconscientemente estamos temerosos, e incluso angustiados, por el hecho de que podamos ser descubiertos y todos ahí fuera descubran que somos un gran fraude. Que no somos tan buenos, ni tan especiales, que no somos tan sabios, tan inteligentes, tan equilibrados, tan fuertes, tan seguros, o tan generosos. Personalmente he pasado por esto en muchas ocasiones a lo largo de mi vida.

Durante muchas oportunidades he tratado de mostrarme de una forma que distaba mucho de la realidad. He sido víctima de mi mismo y de mi falta de aceptación sobre quién y cómo soy, tantas veces que me resulta imposible contarlas. Esto da cuenta de que más que tratarse de ocasiones puntuales ha sido, más bien, un patrón que he seguido en mi vida. Un patrón repetido una y otra vez en distintos ámbitos de mi día a día. Me reconozco a lo largo de los años tratando de mostrar una imagen de mí poco real en mi vida profesional, en mi vida personal, en mi vida social, etc… ¿ Cuántos padres han llorado en silencio para evitar mostrar ese aspecto de sí mismos a sus hijos? Seguro que demasiados. Y así, sin quererlo, acabamos por transmitirles que llorar, no forma parte de una ecuación válida y les cerramos la puerta de golpe a un recurso natural de expresión de sus propios sentimientos.

En cierta ocasión estaba charlando con una monitora del gimnasio al que acudía -lo cierto es que no había por mi parte ningún interés en ella que pudiese justificar cierta tensión- cuando en un apto poco afortunado, al despedirme y girarme para seguir con mis ejercicios, tuve la mala suerte de ejercer más presión de la debida, sobre el botellín que tenía en mi mano, y un enorme chorro de agua roció mi cara. Recuerdo pensar que había sido una suerte que ella estuviese ya mirando para el lado contrario porque sino hubiese visto mi tremenda torpeza. Esto que puede parecer tan sólo un simpático suceso, es en realidad algo mucho más que eso. Durante años me he mostrado como alguien capaz, hábil y diestro. ¿ Yo patoso? NO ¡Qué va! Ése será otro… Aquel divertido suceso en el que en medio del gimnasio me empapé la cara simplemente ponía de manifiesto dos cosas: que puedo ser un grandísimo patoso y que la gran mayoría de las veces que estoy con alguien me siento tenso dado que pretendo mostrar una imagen de mí que no es real.

Existen muchas formas de tratar de mostrarse de una forma muy diferente a cómo uno es en realidad y éstas suceden en diversos ámbitos de la vida. Dice UCDM que aquello que enseñamos es aquello que necesitamos aprender. De esta forma todo aquel que está enseñando una lección a otros, lo hace, no como maestro cuya lección hace mucho que ha interiorizado, sino como forma de integrar en sí mismo aquello que pretende enseñar. Durante mucho tiempo he compartido la firme creencia de que toda persona logra entender de forma intelectual una lección cuando alguien es capaz de compartirla con ella, pero que es cuando uno es capaz de enseñarla a otro de forma en que éste la comprenda intelectualmente, cuando en verdad el que enseña logra integrarla o interiorizarla. Existen dos etapas en el aprendizaje: la primera cuando entendemos algo de forma intelectual y la segunda cuando lo integramos en nosotros mismos. Así podemos deducir que nadie que se presenta como maestro es realmente un sabio inmune a lo efectos de lo que está enseñando, o es ajeno a los problemas que trata de solucionar en otros, sino que ciertamente se encuentra tan sólo a un paso de distancia -sí, tan sólo a un paso- del punto donde se encuentran sus alumnos. Reconocer esto para mí es ser coherente, sincero y justo con quienes se acercan a aprender cualquier lección de vida. Cuando yo comparto mis experiencias o mi conocimiento, no lo hago desde la posición de quien está por encima de todo sino de quien hace escaso tiempo atravesó y concluyó con éxito el mismo sendero o está a un pequeño paso de lograrlo.

Para sentirnos bien con nosotros mismos, relajados y abiertos a vivir lo maravilloso de la vida es  necesario aceptarnos, mostrarnos tal y como somos y dejar de querer ser lo que no somos o mostrar una imagen poco real de nosotros mismos. Vivir una vida equilibrada, armoniosa, y plena, es aprender a vivir con consciencia, con aceptación, coherencia y alegría. Quien aprende a hacer simple lo complejo, permite que la inmensidad del basto universo en el que vive se transforme en manejable y confortable como el hermoso jardín de su propia casa.



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OLVÍDALO! TÚ NO PUEDES SER FELIZ

Daniel Sotelino · 25 junio 2015 9:46 am

Felicidad

A lo largo de toda mi vida he podido ver algo que quizás pueda resultar duro comentarlo en estas líneas; además de ser muy sorprendente leerlo de mi puño y letra. Sí, es cierto, me he posicionado durante años como una de esas personas conocedoras del secreto para alcanzar la felicidad, pero hoy no puedo ser honesto sin decir que: “la felicidad no existe” al menos no de la forma en que muchos la entienden. “Dios ha muerto” declaraba al mundo Nietzsche durante el siglo pasado, sorprendiendo y estremeciendo a partes iguales a propios y extraños. Hoy yo, desde mi humilde posición y sorprendiéndome a mí mismo -también estremeciéndome-, declaro: “La felicidad no existe”. Si bien, todo en esta vida tiene matices y esta provocativa declaración no podía ser ajena a ellos.

A lo largo de mi vida, y tras una amplia experiencia conociendo, compartiendo y conectando con múltiples personas de todo tipo de condición y procedencia, puedo decir que no he conocido a una sola de ellas que fuese feliz, al menos no completamente. Las personas que se muestran como tales, no lo son en todos los ámbitos de su vida. Siempre resulta ser o bien una posición fingida o bien la aceptación máxima de que uno no es enteramente pleno y que desde esa incapacidad para serlo uno encuentra cierta paz. Nuestra sociedad nos ha empujado a crear imágenes idílicas externas mientras frecuentemente nos sentimos rotos por dentro.

Toda mesa tiene una pata que cojea y el ser humano es una mesa fiel y cumplidora de esta ley. En realidad nadie puede ser feliz porque esta vida nace precisamente en el hecho de que para que la vida pueda desarrollarse debe existir un espacio para la expansión de la misma. Lo explicaré de otro modo, la vida es cambio y movimiento. Para que algo suceda, para que algo se materialice en este mundo material, debe crearse un espacio que lo permita. Ese espacio toma diferentes formas: la pregunta crea un espacio para su respuesta, la insatisfacción con lo que tenemos, con lo que somos o con el lugar donde nos encontramos es una invitación para nuestro propio movimiento. Nada puede permanecer en un estado de plenitud y bendición permanente y estar vivo tal y como nosotros entendemos la vida. Si esto sucediese dejaríamos de existir en este plano. Si alcanzásemos un estado de plenitud absoluta o felicidad plena, nuestro universo dejaría de expandirse, se contraería y accederíamos a ese espacio del que nos hablan diversas culturas y que podemos identificar como el Vacío, la Vacuidad o la Nada.

Lo cierto es, que a lo largo de mi vida he podido descubrir que el universo, la vida, Dios, o como deseemos llamar a esa fuente de la que manan hacia nosotros aquellas experiencias de las que nos nutrimos, siempre -insisto siempre- nos da aquello que le pedimos, pero lo hace con un pequeño inconveniente, lo que nos da es siempre una parte inferior de aquello que pedimos. Si a la vida le pides 10 ésta te dará 9, pero si le pides 10.000 te dará 9.000. En la diferencia entre lo que pedimos y lo que se nos da habita el espacio que servirá de combustible para seguir viviendo, evolucionando, experimentando, o simplemente siendo y sintiendo. Éste es el motivo por el que la mayoría de las personas no alcanzan la felicidad, porque en realidad como concepto elevado y máximo, ésta es literalmente inalcanzable.

Pidamos pues siempre lo máximo que podamos soñar para nosotros. Dejemos de ser tan míseros y pobres incluso a la hora de pedir. Y entendamos que si bien Budha nos descubrió que el secreto para acabar con el sufrimiento humano es la falta de deseo, es precisamente ese deseo el que nos lleva a experimentar la vida tal y como la entendemos hoy. No todos los que vivimos en esta realidad estamos preparados o deseosos de transcender. La mayoría de nosotros tan sólo queremos seguir durmiendo un poquito más.

Para aspirar a vivir con la mayor felicidad posible -nunca podremos alcanzar la felicidad máxima ya que ésta no es de este mundo- tenemos que aceptar ese vacío interior en nuestra realidad y entender que forma parte de ella. Debemos entender que la muerte es necesaria para la vida y que es en realidad ese vacío en nuestro interior el que nos mueve, nos lleva y nos saca de lo estático. La vida es dinámica. Existen vacíos que deben ser llenados y es al llenarlos cuando la vida comienza. Dejemos de buscar una felicidad que hoy y aquí no está al alcance de nuestra mano. Mientras buscamos esa felicidad inalcanzable perdemos nuestra paz y nuestro equilibrio. Habitualmente me encuentro con personas, yo soy una de ellas, que pierden su presente por tratar de ganarse el futuro, o que se hacen daño a sí mismos por miedo a lastimarse. Es por ello por lo que hoy una de mis máximas es “Cuando la búsqueda cesa, la felicidad comienza”.

La felicidad a la que hoy podemos aspirar no es otra que la de aceptar y disfrutar aquello que tenemos y comprender que existe lo que podríamos denominar un “mal necesario” que no es otro que esa parte de la vida imprescindible para crear nuestra experiencia. No podemos conocer el calor sin el frío, ni ser conscientes del amor sin haber experimentado la falta del mismo. Podemos experimentar algo -frecuentemente lo hacemos-, pero no podemos ser conscientes de ello sin el contraste que ofrece vivir ambas polaridades de un mismo “objeto”. No podemos vivir la plenitud siendo conscientes de ella si no vivimos su falta. Es sólo cuando aceptamos la cara oculta de la luna cuando aprendemos a amarla en su totalidad. Es cuando aprendemos a aceptar la parte menos buena de aquello que experimentamos cuando realmente nos acercamos a la auténtica felicidad. Y es cuando aceptamos lo malo que habita en nosotros cuando aprendemos a amarnos íntegramente y podemos desde ahí amar a los demás.

En cualquier modo, no pretendo ser defensor de la Verdad, tengo claro que no soy el portador de ella. Por este motivo es un ejercicio de honestidad decir que sentirse o no feliz no radica en qué vivimos o en cómo lo hacemos, sino en el qué entendemos realmente como felicidad. Queda claro que cambiando su significado cambia así nuestra posición sobre ella. Por mi parte cuando hablo aquí de felicidad, lo estoy haciendo refiriéndome a ese significado que, de una manera u otra, las sociedades en su conjunto han entendido: la felicidad como la plenitud máxima, sin limitaciones, sin carencias, ni sufrimiento. Bajo mi opinión este significado es el más acertado, y es precisamente por ello, por lo que entiendo que resulta imposible experimentar la Felicidad de forma permanente en este plano de existencia. La Felicidad es natural de un plano en donde no existe la dualidad de la que nace este mundo y aquí y ahora sólo podemos acercarnos a ella.



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PENSAR, DECIR, SENTIR Y HACER

Daniel Sotelino · 16 junio 2015 11:36 am

brujulaVivimos en un mundo que en muchas ocasiones nos cuesta comprender, un mundo en el que lo que vemos no es lo que parece a primera vista y donde todo parece cambiar más allá de las tendencias. Cierto es que el cambio forma parte de la vida y que gracias a él los seres que habitamos este mundo evolucionamos. Pero cuando me refiero aquí al cambio, me estoy refiriendo a ese cambio ligado a la inestabilidad de las personas; a ese cambio que nace de una falta manifiesta de coherencia entre lo que pensamos, expresamos, sentimos y hacemos. Un cambio que no es tal, sino el resultado de una falta de alineamiento entre diversos aspectos de nuestra realidad interior.

Habitualmente nos encontramos tratando de ser aquello que en realidad no somos, y comportándonos de la forma en que se supone que debemos hacerlo y no de la forma en que nos sentimos más a gusto o con la que estamos más de acuerdo. La sociedad, nuestro entorno y sobre todo nuestras propias limitaciones hacen que en demasiadas ocasiones dejemos de escucharnos y entremos en un estado camaleónico que no tiene otro fin que el de encajar, agradar, o ser aceptados por aquellas personas que están a nuestro alrededor. Así nos alejamos de nosotros mismos, nos perdemos.

Cuando pensamos algo y lo expresamos de forma clara a otros, pero después nuestro sentir o nuestra acción no van en la misma línea no sólo sentimos un profundo malestar, más o menos consciente, sino que quienes nos rodean pueden sentirse desorientados con nuestro comportamiento, o incluso decepcionados o engañados. También cuando nos comportamos así no es extraño sentirnos inseguros -dado que en nuestro interior tememos ser descubiertos-. Esta incoherencia que la gran mayoría de las personas sufrimos, es una dificultad a la hora de tratar de que nuestros entornos funcionen y nos relacionemos de manera correcta. La relación entre personas no coherentes resulta en demasiadas ocasiones difícil y desalentadora. Aún con ello, esta característica que es de alguna forma innata en el ser humano, tiene una gravedad relativa en muchos casos, o al menos no tan grande como en otros. Lo realmente preocupante es cuando esta incoherencia se presenta de en algunos ámbitos de la vida concretos. Ejemplo de estos son los que pueden verse cuando se da en personas que se muestran como referentes ante los demás, en personas que se posicionan como generadores de soluciones o en quienes tienen poder de decisión o influencia sobre la vida individual y colectiva de los demás. Guías, maestros, asesores, gobernantes, modelos, médicos, políticos, jueces, filósofos, gurús, etc. son quienes deberían ser lo suficientemente conscientes de su propia incoherencia. Ver la viga en el ojo propio y dejar de ver la paja en el ajeno, debería ser un ejercicio necesario para todas aquellas personas que por propia voluntad deciden mostrarse ante los demás como conocedores de soluciones, como defensores de la verdad o abanderados de una idea sobre la que construir un mundo mejor. Sin ello se convierten en ciegos guiando a tuertos. Tuertos que en algún momento creyeron en unos ciegos que pensaron ver más que ellos.

Si observamos a nuestro alrededor, son muchos los casos en los que podemos ver esta incoherencia que llena todos los ámbitos de la vida. No es raro ver candidatos a presidente que tienen una familia desestructurada y llena de problemas o ministros de economía que gestionan de forma poco ética su patrimonio. También es llamativo ver médicos con graves problemas de salud, nutricionistas con problemas de obesidad o vendedores de crecepelo calvos. Miremos hacia donde miremos encontramos esta falta de coherencia, y como no podía ser de otra forma, podemos verla también dentro del ámbito que podríamos denominar espiritual o crecimiento interior o personal. Son muchas las ocasiones en las que abanderados de fórmulas mágicas pretenden ofrecer los secretos y las claves, por ejemplo de la Abundancia, que llevan una vida llena de carencia. Los hay quienes enseñan la importancia del Perdón y son incapaces de hacer las paces con un hermano con el que llevan años sin hablarse. Estos son realmente los casos que me preocupan, precisamente porque son aquellos que he visto más de cerca y porque yo en muchos momentos me he visto reflejado en ellos. Durante un tiempo -en parte algo de ello queda en mí todavía hoy- he tratado de mostrarme de una forma que no era exactamente la forma real de lo que yo en ese momento era, de cómo me sentía. Hablaba de abundancia cuando mi vida estaba presidida por la carencia o hablaba de paz cuando en frecuentes ocasiones me sentía en guerra con el mundo que me rodeaba. Podría decir que mi pensamiento y mi expresión iban de la mano, pero no tanto mi sentir o mi hacer. Así decidí dejar de lado por un tiempo mi exposición ante los demás -la que se producía desde mi intención de ayudar a otros y ofrecerme a ellos- y permitirme de esta forma encontrar en mí un grado mayor de coherencia. Coherencia para mí vital para poder relacionarme con los demás desde mi propia y valiosa autenticidad.

Hoy es el día en que aún existiendo en mí cierto grado de incoherencia, el nivel de alineamiento entre lo que pienso, lo que expreso, lo que siento y lo que hago, es mucho mayor. Desde él me siento más coherente y seguro a la hora de desarrollar la parte de mi trabajo que conlleva ofrecerme como acompañante de las personas que la vida va trayendo a mi vida. Quizás hoy no parezca tan brillante, ni tan seguro, pero desde luego, me siento más humano, más cercano y sobre todo más real y auténtico. Durante demasiado tiempo he sentido el estrés de tratar de mostrarme como en realidad no era. Durante una larga etapa he pretendido mostrarme como abanderado de una verdad, cómo el conocedor de los secretos de la vida, como referente para que otros pudiesen alcanzar lo que en realidad yo no lograba alcanzar. Hoy me descubro como tonto-tonto, hoy sólo sé que no sé nada y desde aquí, es desde donde mejor puedo servirme a mi mismo y a los que me rodean, como un amigo, como un acompañante con quien caminar de la mano.

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BURGOS: EN TI ME SIENTO EN CASA

 Daniel Sotelino · 11 junio 2014 12:15 pm

Catedral de Burgos

Catedral de Burgos

Existen lugares, personas y situaciones que nos resultan profundamente familiares. En ocasiones viajamos hasta ciudades y pueblos en los que sentimos un profundo sentimiento de pertenencia, en otras un sentimiento parecido surge en nosotros cuando nos encontramos con personas por las que sentimos un poderoso sentimiento de cercanía y familiaridad; es como si las conociésemos de toda la vida. A lo largo de nuestra vida ésta nos va llevando de una etapa a otra, atravesando senderos bien definidos -que se van abriendo ante nosotros a medida que vamos dando cada paso-. Detrás de cada uno de ellos, de cada experiencia, de cada compañero de viaje, de cada lugar, se esconde un propósito, el de despertar en nosotros la consciencia que nos permitirá llegar hasta nuestro hogar.
En nuestro caminar vamos encontrando personas con las que nos re-encontramos y que, aunque no seamos conscientes de conocerlas con anterioridad forman parte imprescindible de nuestra historia personal. Personas que, todas juntas, formamos una gran familia. Todas y cada una de las almas que habitamos esta realidad somos parte de un mismo todo, todas somos lo mismo, todas somos gotas de un inmenso mar, un inmenso mar formado por grupos de gotitas que, en forma de familia van formando clanes que van formando la inmensidad del Ser UNO.
En Burgos encontré hace algo más de año y medio una gran parte de mi gran familia, de mi Familia de Luz. Almitas viejas con las que he compartido toda la eternidad y que despiertan en mí, consciencia con tan sólo sentir su presencia.

Plaza Mayor de Burgos

Plaza Mayor de Burgos

Burgos me sigue recibiendo con un profundo Amor -el mismo que yo le profeso ella-. Lo hace, una y otra vez, sorprendiéndome, con su calor -a pesar del frío de sus a veces gélidas calles-, con su cariño, con abrazos, con ternura, risas y con mucha alegría. Burgos me da Paz, claridad; me eleva. Cuando estoy en ella me siento como en casa. Paseo sus calles y ella, mientras, me acaricia el alma.
No hay ocasión que no visite Burgos en la que no descubra un nuevo lugar, un nuevo sentimiento de Amor, de hermandad; a una nueva alma con la que re-conectar. No hay visita que no me lleve a reencontrarme con una parte vital de mi ser y a descubrirme que, la distancia y el tiempo se disuelven como polvo entre mis dedos. Resultan inexistentes para aquellos vínculos que jamás fueron forjados, que existieron, existen y existirán; que son eternos.

Almitas

Almitas

Hoy quiero compartir un secreto contigo, Burgos es un lugar habitado por seres fantásticos, mágicos; es un lugar de cuento, donde algunos de sus habitantes -esos que son mi familia- pueden resultar de lo más variopinto, hadas, duendecillos, almitas viejas, magos, amazonas que cabalgan unicornios, ángeles llenos de luz… en fin, frikis y raritos golpeados por alguna enorme piedra proveniente de ¡quién sabe! quizás de Sirio, tal vez de Orión. La mía tengo claro que provenía de Orión ¿Descubriste tú de dónde venía la tuya?
Muchas de esas personas, de las que forman mi familia, han pasado, pasan y pasarán por un lugar muy, muy especial, por La Burbuja. Un espacio donde no sólo nos encontramos con nuestros hermanos, sino en el que nos encontramos con nosotros mismos. En La Burbuja muchos fueron quienes descubrieron sus alas, unas inmensas alas blancas, llenas de luz, unas bellas alas capaces de desplegar toda su grandeza y llevarnos a lugares que la mente nunca imaginó.

Iglesia de San Lorenzo

Iglesia de San Lorenzo

El mundo en que vivimos no es sino una proyección de nuestra mente, así de esta manera cada vez que visito esta ciudad bañada por el Arlanzón me maravillo con las construcciones que mi mente pone ante mí en forma de lugares hermosos, llenos de belleza y esplendor. Un lugar por el que callejear, en el que disfrutar de sus pinchos, del ambiente de sus calles, de los desayunos en la plaza de la Catedral, que se levanta majestuosa y bella -tratando de alcanzar el cielo mostrándonos a su manera el camino- dejándose iluminar por la luz que desprende la ciudad. Otear la ciudad desde el Castillo, imponente y poderoso, que cuida que el tiempo no resquebraje sus muros. Pasear viendo el Arco de Santa María asomarse, a lo lejos, entre los plataneros. Visitar el Monasterio de Santa María la Real de las Huelgas y descubrir una historia, la propia; el re-encontrarse allí donde ya se estuvo alguna vez. Perderse por sus calles y dar a parar con la iglesia de San Lorenzo, hermosa, serena -casi desapercibida entre tanta obra magnífica- y sentir Paz, un lugar para el descanso.

CartujaDeMiraflores

Cartuja de Miraflores (Burgos)

Alejándose un poco de la ciudad podremos visitar lugares que en otro tiempo fueron centro neurálgico de la vieja Europa, una época donde el ámbito del espíritu aún se mantenía firme frente a la materia. En La Cartuja de Miraflores los árboles se levantan majestuosos en honor de la Reina.
La noche va cayendo y lo hace mientras en un caminar sincero, el Sol va desapareciendo mientras los pasos se dirigen ante otro lugar de recuerdo, San Pedro de Cardeña donde ante la oscuridad de la noche, y la negrura de los recuerdos, se ilumina con real esplendor el alma, mientras, las más bellas voces acompañan jubilosas el abrazo de un instante del antiquísimo recuerdo que hoy revivimos una y otra vez.

Comida frente a la Catedral de Burgos

Comida frente a la Catedral de Burgos

Burgos, sensual donde las haya, nacida para ser vivida con todos los sentidos; con el tacto, la caricia de su casi siempre fría brisa; con el olfato, la fragancia embriagadora de sus rincones y de sus velas aromáticas; con la vista, la belleza que se levanta imponente para ser admirada; con el gusto, sus manjares que recargan fuerzas, el placer de disfrutar de un café con leche de soja en el Ágora Café -calle Laín Calvo, 5-, de una comida vegetariana en el Restaurante Gaia -calle de Fernán González, 37- o de una suculenta comida en El Morito -calle Diego Porcelos, 1- ; con el oído las notas de un piano que mecen el alma mientras los dedos acarician sus teclas con delicadeza, con la suavidad de quien deja caer lentamente una pieza de satén de unos hombros delicados. Pero sobre todo, Burgos, es para ser vivida y experimentada, sentida con el corazón abierto.

 

 

Vídeo-reflexión grabado en La Burbuja (Burgos)

Fotografías: http://instagram.com/danielsotelino

SALAMANCA: VIEJA MAESTRA DE PIEDRA BLANCA

Daniel Sotelino · 9 junio 2014 20:45 pm

Salamanca

Terraza para comer en Salamanca

En esta última visita a Salamanca, a diferencia de la primera que se produjo ya hace algo más de año y medio, he podido vivir sus calles, sus gentes, conocer algunos de sus rincones más especiales. He tenido la oportunidad de respirar ese ambiente abierto, el de una ciudad acostumbrada a recibir y acoger personas de todas las procedencias, condiciones y sensibilidades.

Mi primera visita a esta hermosa ciudad, estuvo motivada por una de mis pasiones, el tango. Un viaje relámpago, como los que acostumbro a hacer, que supuso el principio de un divorcio anunciado con este baile sensual donde los haya en el que cada bailarín -con su alma- busca la conexión con quien, por unos pocos minutos está llamado a fundirse en uno solo. A pesar de esta bella búsqueda, que nace de la parte más profunda de nosotros mismos, comencé a observar que la comunión que uno busca en el tango, no va acompañada con lo que sucede fuera de la pista de baile -al menos no en ciertos ambientes-. En el momento en que algo, ya sea un baile, una afición, un negocio, un proyecto, etc. se vuelve más importante que las personas que participan en él, para mí pierde por completo su encanto, su sentido. Cuando alguien se obsesiona tanto con el objeto de su pasión es fácil que caiga en una ceguera tal que le impida ver nada más. Mi primer viaje a Salamanca, lamentablemente y motivado por el entorno en el que me encontraba, me llevó hasta ella pero sin llegar ni tan siquiera a alcanzarla. No escondo que ese entorno y la propia vivencia en sí no era sino un reflejo de una parte de mí que debía sanar. Me llevé hermosos recuerdos, conocí algunas bellas personas y sobre todo, fue la confirmación de un compromiso personal y vital, el de disfrutar de los placeres de la vida con una mayor intensidad, con un menor miedo. Fue, para mí, un gran aprendizaje; el de un viaje predicho durante un sueño -semanas antes- en el que sus calles me mostraban una bella y sabia maestra blanca; un lugar para el re-encuentro.

 

PlazamayorSalamanca

Plaza Mayor de Salamanca

En este segundo viaje a la ciudad bañada por el Tormes el viaje en sí resultó muy diferente; en esta ocasión no sólo llegué; impacté y fui impactado. En esta ocasión, la ciudad que me había ofrecido sus brazos abiertos en mi primera visita, encontró los míos dispuestos para recibir el abrazo de quienes se cruzan en el camino.

 

Salamanca ha despertado, en mí, un sentimiento muy especial, el mismo que alguna otra ciudad me transmitió, un sentimiento de pertenencia, de saberme vinculado por algo profundo que escapa a la simple y pobre percepción que mi dormida mente puede ver y comprender.

 

Salamanca me ha ofrecido no sólo sus calles y sus bellísimos edificios para mi disfrute, ha sido una vez más fuente de elevadas enseñanzas, las que me llevo conmigo desde esta vieja universidad, de este prestigioso lugar de enseñanza, del gran campus que es la vida. Una lección, la de cómo teniéndolo todo podemos sentirnos profundamente vacíos, la de ver que algunas personas con un potencial inimaginable viven una vida de limitación al no ser capaces de valorar, no sólo aquello que tienen, sino lo grandes que son.

 

DominicosSalamanca

San Esteban Monumental

Hace ya un tiempo que mi vida está dirigida por una energía que va dando forma a mi camino día a día, me lleva y me trae; guía mi camino. En esta ocasión fue Salamanca el destino, sus calles, sus jardines, las miradas de los otros visitantes cruzándose con la mía… Un destino con múltiples guiños que alcanzaron su máxima expresión ante la tumba de Fray Francisco de Vitoria. Este reconocido dominico -precursor de los Derechos Humanos- y que ha acompañado mi vida de una forma directa e indirecta, consciente e inconsciente, bendijo mi viaje mientras, sorprendido, mis pies se detenían ante su tumba. Un lugar cuya ubicación y existencia, para mí, era hasta ese momento totalmente desconocida. Minutos antes del encuentro con aquella piedra fría mi cuerpo se estremecía y mi alma se emocionaba ante tanta belleza, ante aquel sentimiento de familiaridad, ante tan poderosa sensación de pertenencia. Un lugar donde aquellos viejos místicos trataban de representar el Reino que se encuentra más allá de este mundo de formas que vemos. Un lugar donde la Verdad quiso ser compartida y mostrada a través de la Palabra, palabra que en ocasiones fue apagada por el fuego.

 

Salamanca ciudad para el re-encuentro con uno mismo, ciudad abierta al visitante; ciudad donde la vida recorre sus calles, donde la alegría se muestra a borbotones y donde los estudiantes comienzan a descubrir los placeres de la vida. Tuve también tiempo para saborear sus platos, sus caldos y lo hice llevado por los contrastes:

 

Cenando en un lugar muy recomendable, hermoso, acogedor y con agradable servicio. En Vida&Comida -Plaza de Santa Eulalia, 11- pude ver, una vez más, cómo aquello que nace desde el equilibrio y la armonía, con la creatividad como bandera, suele dar forma a los más bellos resultados.

 

El Rastrel

Detalle de El Rastrel

Regalándome un momento de descanso para mí. Hipnotizado e invitado por el sonido de un piano y con el regalo del café con soja que busco en cada lugar donde me hallo. En El Rastrel -Calle del Grillo, 21 me sentí por unos instantes rodeado por una nueva manera de ver el mundo. Un lugar de veganos donde no sólo se respeta la vida de los animales sino que se invita a respetar que cada uno de nosotros somos seres diferentes pero al mismo tiempo… iguales.

 

Ya de regreso, en el tren y en camino a mi próxima parada, me felicito por haber aprendido que puedo amar con intensidad cada parte del camino, que no hay nada desconocido para mi espíritu y que en el viaje de mi vida, mi consciencia se despierta con el único fin de lograr encontrar el sendero de vuelta a casa.

Vídeo-reflexión grabada desde Salamanca:

Fotografías: http://instagram.com/danielsotelino

Siempre eres perfecto/a

Daniel Sotelino · 17 enero 2014 11:54 am

Siempre eres perfectoSé que a veces mi mensaje puede parecer totalmente contradictorio, ¿por qué? Porque lo es. Es realmente difícil no caer una y otra vez en ello dado que esta sociedad en la que vivimos -que es reflejo de nuestro propio interior- nos lleva constantemente hacia el pretender lograr aquello que no tenemos y a menospreciar lo que sí tenemos. Tal vez en un ejercicio de humildad y honestidad para con nosotros mismos, podríamos comprometernos de una forma más sana y más positiva con nuestra vida, simplemente aprendiendo a Amar lo que hacemos y no a tratar de hacer lo que amamos. Cuánto daño nos hace la no aceptación de lo que es…? Lo que es peor: nos lleva a un estado emocional que nos aleja de la verdadera paz, armonía y equilibrio emocional.

“Persigue tus sueños, tus ilusiones…”, “Sé la mejor versión de ti mismo”, “Tú puedes mejorar tu vida”, mensajes que una y otra vez nos vienen a decir que nuestra situación actual no es la que debiera y que la única salida para esa situación tan “negativa” es dar un giro en nuestra vida -a nuestras circunstancias-. Pero… de lo que nos olvidamos frecuentemente, es de algo realmente importante: si las circunstancias de nuestra vida son las que son, esto es sólo resultado de un estado interior poco armonioso y elevado. De esta forma -tratando de cambiar las circunstancias- no lograremos ninguna mejora sustancial en nuestra vida. Obtendremos -en apariencia- mejores trabajos, parejas, amigos y condiciones, pero seguiremos sintiendo -antes o después- el mismo vacío y desconsuelo en nosotros, la misma desmotivación o depresión.

 

Cada vez que alguien como yo te anime a cambiar tu vida, a luchar por nuevos objetivos, o a hacer realidad tus ilusiones, pregúntate qué es lo que hay mal en tu vida para querer vivir otra vida diferente. Si de verdad hay algo que deseas cambiar, plantéate cómo puede ser que puedas tener algo diferente a lo que tienes si tú sigues siendo la misma persona. Tal vez lo que necesites no es alguien que te ayude a lograr cosas nuevas en tu vida sino a valorar y disfrutar de aquellas que ya tienes. Precisamente de la maestría de lograr disfrutar de lo que uno tiene nace que aquello nuevo que llegue a nosotros sea siempre hermoso y placentero.

Protégete de quien trate de sembrar en ti la semilla de la insatisfacción con lo que eres, con lo que vives, o con lo que tienes. Protégete de quienes constantemente te invitan a ser mejor, o a buscar en tu vida algo más. Te puedo asegurar que quien se busca a sí mismo, en realidad, se acaba perdiendo inevitablemente. Al fin y al cabo, nadie puede encontrar lo que no ha perdido y tú no te has perdido a ti mismo, siempre fuiste tú.

Existe un camino hacia la felicidad, un camino que nos lleva a alcanzar la armonía, la paz y la alegría en nuestra vida. Un camino que puedes andar ahora, sin esperas… para ello no es necesario que se den circunstancias particulares o que los demás cambien porque… la única persona que debe cambiar, eres Tú. De esta forma no hay nadie a quien culpar ni nadie que pueda retrasar tu felicidad.

Hoy puedes empezar a caminar hacia la consecución de un estado de bienestar y plenitud. Cómo? Tan sólo aceptando el estado en el que te encuentras ahora. Sí, así de fácil. Siempre, en todo momento y situación, todos tenemos lo necesario para ser felices, siempre. No aceptamos esto cuando deseamos aquello que no es, y de esta manera nos alejamos de poder disfrutar de lo que sí es.

Lo que te hace sentir mal no es lo que te está pasando o lo que tienes, lo que te hace sufrir es el desear cosas distintas de las que tienes o querer experimentar otras circunstancias de las que ahora estás viviendo. Logra disfrutar de tu vida, hoy, y todo lo que vivas en tu vida será abundante, armonioso, equilibrado, alegre y pleno. No tendrás necesidad de desear nada porque lo tendrás todo!

 

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Dios vs Ciencia

Daniel Sotelino · 12 enero 2014 12:10 pm

Dios vs CienciaCon la ciencia oficial pasa una cosa que resulta muy curiosa, durante décadas ésta niega la existencia de realidades que con el tiempo acaba aceptando como ciertas y evidentes tras nuevos estudios y experimentos. Por ejemplo, para la ciencia los rayos ultravioletas no existieron hasta que ésta fue capaz de construir los recursos necesarios para detectarla; en muchos casos, incluso, burlándose hasta ese momento de quien defendía su existencia. Es evidente que su existencia no dependía de si habían sido descubiertos o no.

Bajo la máxima de “hay que ver para creer”, parece obviarse uno de los descubrimientos más sorprendentes -inquietantes para muchos diría yo- como es aquel que nos dice que la realidad y el mundo material toma forma influenciado por el observador. ¿Qué quiere decir esto? Que aquello en lo que crees sólo por el hecho de creerlo se convierte en realidad y toma forma, y que si no creemos en algo, esto deja de ser real en el mundo material. Podríamos decir que la mente no es sino una enorme pantalla en la que es proyectada una realidad creada mediante nuestros pensamientos. Esto es ciencia y lleva décadas siendo aceptado por distintas ramas de la misma -ver por ejemplo el programa Redes de Eduard Punset basta para certificar esto-.

LO INQUIETANTE: que algunos de estos conocimientos y evidencias no son nuevos sino que llevan casi un siglo descubiertos sin que la mayoría de la sociedad esté informada de ellos.

LO JUSTO Y DE SENTIDO COMÚN: ser respetuosos con las creencias de los demás, siempre y cuando sean respetuosas con las nuestras o con las que otras personas puedan tener.

Es más, considero que, si alguien tiene la mínima inquietud por conocer la Verdad no debería mostrar una mente cerrada dado que éste es el camino más directo para convertirse en un reaccionario cuyo fin es mantenerse en su creencia personal -o de grupo-, a pesar de que ésta sea una gran mentira.

Y con respecto a la existencia de Dios -otra cosa es qué sea Dios en realidad- diré algo más: la ciencia debería mostrarse, bajo mi humilde opinión, más respetuosa y prudente en este tema, dado que lo cierto es que no haber demostrado científicamente su existencia no hace que éste no exista. Un científico cuyo fin sea descubrir la Verdad -por propia definición debería ser así- jamás podría negar la existencia de Dios, tan sólo podría afirmar qué a día de hoy no hay evidencias científicas de que exista.

Pido respeto para todas las creencias que sean respetuosas -tenga el sentido que tengan-. Personalmente no me gusta que nadie menosprecie a otros, a sus ideas o a sus creencias; sin duda creo que quien lo hace se retrata así mismo.

Daniel Sotelino

 

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Carta del Universo dirigida a ti

Daniel Sotelino · 31 diciembre 2013 16:55 am

universosAconsejo leer esta carta con está canción de fondo: http://www.youtube.com/watch?v=PeEXFYcwElA&list=PLZYaqqVPKxe1kJdZ3zgT4c8kO_2j4zPVg

Es habitual que la Vida te ponga en el camino cosas que no coges porque tú mismo le das vueltas y vueltas, y en tu mente creas proyecciones de tus miedos que nada tienen que ver con la realidad. Así han sido muchas las oportunidades que he puesto en tus manos que no has aprovechado y las has dejado ir una y otra vez. Cualquiera de ellas tenían paz y alegría para ti, pero tú sólo supiste fijarte en las cosas que a simple vista parecían negativas. Existen muchas oportunidades en tu vida, todas ellas tienen su parte buena dentro de lo malo y su parte mala dentro de lo bueno. Cuando te centras en la parte mala, eres incapaz de ver la buena y así las dejas pasar una y otra vez. Luego te preguntas el porqué de tu mala suerte cuando en realidad no se trata de mala suerte sino de ocasiones que se te presentan y que tú has decidido una y otra vez dejar ir.

Te he ofrecido infinidad de caminos que recorrer, todos te dieron miedo, incluso los que parecían más fáciles. Te he ofrecido siempre caminos que podías andar pero que tú has tomado la decisión de no hacerlo porque fijaste tu atención en aquello que era negativo, lo curioso de ello es que eso que parecía ser tan negativo tan sólo estaba en tu mente.

Te he enviado multitud de ángeles a tu vida y tú te encargaste de ver en ellos sólo lo negativo. Es cierto que traían dudas y miedos, pero en vez de ver en ellos la ocasión para amarles y para demostrarles un amor incondicional, caíste en el amor egoísta que sólo buscaba la adaptación a tus creencias y a la idea que te has hecho del amor. Has pasado mucho tiempo centrando tu atención en ver el egoísmo en los demás, pero te has olvidado en mirar todo el egoísmo que tú llevas dentro. Has dado por hecho que eres perfecto y te has engañado a ti mismo. En ti también hay muchas cosas que perdonar y que amar de forma incondicional, de eso no tengas dudas.

Quieres que te de una respuesta para que tengas claro el camino que seguir, pero de lo que no te das cuenta es de que todos los caminos que te presento, hijo, son caminos que llevan a tu felicidad, el problema es que nunca tomas ninguno de forma alegre y con la Fe de que lo que te esperará mientras lo recorras será abundancia, alegría y plenitud.

Te haces una idea de cómo debería ser el camino -ahí está la ilusión- y en el momento en que ves que lo que es no concuerda con lo tú habías imaginado consideras que todo está mal y arramplas con todo, destruyéndolo. Así te destruyes una y otra vez a ti mismo y yo una y otra vez te vuelvo a crear.

Sólo hace falta que confíes en mí, tu padre, sólo necesitas saber que yo cuido de ti.

No te preocupes por los trenes que dejas pasar, yo, el Universo, mando constantemente trenes a la estación en la que esperas y todos, aún llevando caminos diferentes, siempre llevan al mismo destino: de vuelta a mí, a tu hogar.

 

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