PENSAR, DECIR, SENTIR Y HACER

Daniel Sotelino · 16 junio 2015 11:36 am

brujulaVivimos en un mundo que en muchas ocasiones nos cuesta comprender, un mundo en el que lo que vemos no es lo que parece a primera vista y donde todo parece cambiar más allá de las tendencias. Cierto es que el cambio forma parte de la vida y que gracias a él los seres que habitamos este mundo evolucionamos. Pero cuando me refiero aquí al cambio, me estoy refiriendo a ese cambio ligado a la inestabilidad de las personas; a ese cambio que nace de una falta manifiesta de coherencia entre lo que pensamos, expresamos, sentimos y hacemos. Un cambio que no es tal, sino el resultado de una falta de alineamiento entre diversos aspectos de nuestra realidad interior.

Habitualmente nos encontramos tratando de ser aquello que en realidad no somos, y comportándonos de la forma en que se supone que debemos hacerlo y no de la forma en que nos sentimos más a gusto o con la que estamos más de acuerdo. La sociedad, nuestro entorno y sobre todo nuestras propias limitaciones hacen que en demasiadas ocasiones dejemos de escucharnos y entremos en un estado camaleónico que no tiene otro fin que el de encajar, agradar, o ser aceptados por aquellas personas que están a nuestro alrededor. Así nos alejamos de nosotros mismos, nos perdemos.

Cuando pensamos algo y lo expresamos de forma clara a otros, pero después nuestro sentir o nuestra acción no van en la misma línea no sólo sentimos un profundo malestar, más o menos consciente, sino que quienes nos rodean pueden sentirse desorientados con nuestro comportamiento, o incluso decepcionados o engañados. También cuando nos comportamos así no es extraño sentirnos inseguros -dado que en nuestro interior tememos ser descubiertos-. Esta incoherencia que la gran mayoría de las personas sufrimos, es una dificultad a la hora de tratar de que nuestros entornos funcionen y nos relacionemos de manera correcta. La relación entre personas no coherentes resulta en demasiadas ocasiones difícil y desalentadora. Aún con ello, esta característica que es de alguna forma innata en el ser humano, tiene una gravedad relativa en muchos casos, o al menos no tan grande como en otros. Lo realmente preocupante es cuando esta incoherencia se presenta de en algunos ámbitos de la vida concretos. Ejemplo de estos son los que pueden verse cuando se da en personas que se muestran como referentes ante los demás, en personas que se posicionan como generadores de soluciones o en quienes tienen poder de decisión o influencia sobre la vida individual y colectiva de los demás. Guías, maestros, asesores, gobernantes, modelos, médicos, políticos, jueces, filósofos, gurús, etc. son quienes deberían ser lo suficientemente conscientes de su propia incoherencia. Ver la viga en el ojo propio y dejar de ver la paja en el ajeno, debería ser un ejercicio necesario para todas aquellas personas que por propia voluntad deciden mostrarse ante los demás como conocedores de soluciones, como defensores de la verdad o abanderados de una idea sobre la que construir un mundo mejor. Sin ello se convierten en ciegos guiando a tuertos. Tuertos que en algún momento creyeron en unos ciegos que pensaron ver más que ellos.

Si observamos a nuestro alrededor, son muchos los casos en los que podemos ver esta incoherencia que llena todos los ámbitos de la vida. No es raro ver candidatos a presidente que tienen una familia desestructurada y llena de problemas o ministros de economía que gestionan de forma poco ética su patrimonio. También es llamativo ver médicos con graves problemas de salud, nutricionistas con problemas de obesidad o vendedores de crecepelo calvos. Miremos hacia donde miremos encontramos esta falta de coherencia, y como no podía ser de otra forma, podemos verla también dentro del ámbito que podríamos denominar espiritual o crecimiento interior o personal. Son muchas las ocasiones en las que abanderados de fórmulas mágicas pretenden ofrecer los secretos y las claves, por ejemplo de la Abundancia, que llevan una vida llena de carencia. Los hay quienes enseñan la importancia del Perdón y son incapaces de hacer las paces con un hermano con el que llevan años sin hablarse. Estos son realmente los casos que me preocupan, precisamente porque son aquellos que he visto más de cerca y porque yo en muchos momentos me he visto reflejado en ellos. Durante un tiempo -en parte algo de ello queda en mí todavía hoy- he tratado de mostrarme de una forma que no era exactamente la forma real de lo que yo en ese momento era, de cómo me sentía. Hablaba de abundancia cuando mi vida estaba presidida por la carencia o hablaba de paz cuando en frecuentes ocasiones me sentía en guerra con el mundo que me rodeaba. Podría decir que mi pensamiento y mi expresión iban de la mano, pero no tanto mi sentir o mi hacer. Así decidí dejar de lado por un tiempo mi exposición ante los demás -la que se producía desde mi intención de ayudar a otros y ofrecerme a ellos- y permitirme de esta forma encontrar en mí un grado mayor de coherencia. Coherencia para mí vital para poder relacionarme con los demás desde mi propia y valiosa autenticidad.

Hoy es el día en que aún existiendo en mí cierto grado de incoherencia, el nivel de alineamiento entre lo que pienso, lo que expreso, lo que siento y lo que hago, es mucho mayor. Desde él me siento más coherente y seguro a la hora de desarrollar la parte de mi trabajo que conlleva ofrecerme como acompañante de las personas que la vida va trayendo a mi vida. Quizás hoy no parezca tan brillante, ni tan seguro, pero desde luego, me siento más humano, más cercano y sobre todo más real y auténtico. Durante demasiado tiempo he sentido el estrés de tratar de mostrarme como en realidad no era. Durante una larga etapa he pretendido mostrarme como abanderado de una verdad, cómo el conocedor de los secretos de la vida, como referente para que otros pudiesen alcanzar lo que en realidad yo no lograba alcanzar. Hoy me descubro como tonto-tonto, hoy sólo sé que no sé nada y desde aquí, es desde donde mejor puedo servirme a mi mismo y a los que me rodean, como un amigo, como un acompañante con quien caminar de la mano.

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